La maraña que traigo dentro por momento es un griterío de voces que hacen imposible comprender alguna demanda. Son voces de otras eras, muy distintas unas con otras. Resonantes chillidos de las infancias, la mía, la de mi padre y mi madre. Las he alimentado sin darme cuenta. Día a día han crecido al calor de su propio reflejo a través de todo, así han ido sedimentando sus puntos de vista en el cuerpo físico y en lo cotidiano.
Cada una tiene experiencias y anécdotas que concentran su propia energía. Mujeres de fuego, mujeres de agua, Mujeres livianas como esporas luminosas, mujeres ojerosas y pesadas. Mujeres tercas y viciosas, mujeres arrebatadas y jocosas. Algunas cómplices y otras muy alejadas. Cada una íntegra en su naturaleza y rota su confianza. Han olvidado el legado ancestral que desentraña sus dones, reivindicando el poder esencial de su verdadera identidad. La sola experiencia que las une plenamente es el grito. Gritan porque no dan más de indiferencia.
Todas merecen la misma atención porque todas son una parte que me completa. Escucharlas ha de ser la tarea más ardua, pues el problema fundamental es la sordera. Comulgar con cada una es el comienzo del círculo sagrado, partiendo por darle a cada una el lugar correspondiente. Sentarlas frente a frente para que puedan mirarse a los ojos y así comprender razones y causas diversas. El silencio es la clave para dar espacio al dialogo y que cada una sienta el abrazo a través de la palabra abierta.
La maestría está en amistar a las opuestas. Ardua tarea la templanza, armonizando el fuego y el agua, luz y sombra equilibrada. La disolución de los opuestos solo es posible abrazando la paradoja, mecanismo fundamental del cosmos para reafirmarse a sí mismo en su fantástica existencia. Sepultar la oscuridad amerita realzar lo luminoso de las mujeres negras. No hay luz sin el bendito servicio abnegado y bastardeado de las fatídicas mujeres de la tiniebla.
